Artículos

  • Figuras de agitadores

Resumen

Abstract

FIGURAS DE AGITADORES

Santiago Labarca ha publicado en un folleto de sesenta páginas la conferencia que diera hace algunos meses en un teatro santiaguino. El prestigio del autor de esta conferencia se encuentra afirmado por contraste en el medio rutinario y apagado en que vivimos. Nadie ignora que Labarca fué presidente de la Federación de Estudiantes y que por su iniciativa esta institución adoptó un ritmo de renovaciones que la imposición de las circunstancias impidió mantener. Labarca fué durante algún tiempo figura céntrica de la agitación ideológica que desencadeno en Chile—al igual que en todos los países de América del mundo—la revolución rusa. En periódicos y de viva voz se reveló al espíritu de todos su propaganda entusiasta. A lo largo de esos días actuó más el hambre de tribuna que el periodista, razón por la cual a Labarca se le creó un solidísimo renombre como elocuente y artístico orador. Pero más tarde cambia el panorama general; y con él el fondo escénico que a Labarca rodea se modifica, no hay necesidad de indicar en qué sentido. Labarca se incorpora al Parlamento y allí donde se creyó que iría a sobresalir gracias al encanto de su palabra, le señala un silencio apenas roto en una o dos memorables ocasiones. Y entonces en nuestro amigo empieza a sobreponerse al orador el periodista. Obligado por las duras circunstancias de la vida, se adentra en medio de esa masa amorfa de gente que en los periódicos labora y allí se encuentra actualmente. Labarca es un buen periodista, un hombre risueño, animado y fino para escribir sus cotidianos comentarios a la actualidad política, y de vez en cuando sereno y razonador en sus escaso artículos de doctrina. ¿Qué importancia ha tenido este párrafo prelatorio?

En “Figuras de Agitadores” se ven aparecer el orador y el periodista alternativamente, combatiéndose a veces, muy pocas acordes y confundidos en un mismo designio. La antinomia perjudica la impresión de conjunto y debilidad el carácter general de este trabajo que pudo ser, concebido con más calma y escrito con menos precipitación, una bella contribución a la literatura social de Chile. Para el que no sepa que estas siluetas románticas fueron dadas a conocer por Labarca en una conferencia, apenas le vendrá el hecho de que el autor aluda en su trabajo dos veces a algo tan vago como “la tarde” en que el joven parlamentario se dirigió a su público. Encabezan el folleto unas “palabras iniciales” en que al lado de datos útiles y de observaciones pretendidamente humorísticas, no se dice lo fundamental: “Figuras de Agitadores” es una conferencia, una lectura pública, escrita apresuradamente por Labarca en los ratos intermedios entre sus obligaciones de parlamentarios y de periodista. Esto justifica muchas de sus deficiencias y hace pensar en que con más descanso pudo ser la pequeña obra que comentamos un trabajo magistral en que se unieran la lozanía que admirábamos hace pocos años en el orador y la liviandad del periodista que es hoy Labarca. Si las cuatro “Figuras de Agitadores” de este folleto hubiesen sido trazadas con el mismo amore que la de Lasalle, otra habría sido la fortuna de esta iniciativa.

Propiamente son Lasalle y Malatesta los únicos agitadores. En la vida de Marx se sobrepuso siempre el afán aventurero y al imperio paradojal de las circunstancias de la fría y adusta serenidad del hombre austero, de actividad única, de ideal único y de mujer única… En la de Kropotkin vemos cómo el principio ruso fue también más hombre de ciencia, más geólogo y geólogo que propagandista y que—perdónennos sus enceguecidos secuaces—hombre de sólido pensamiento social. Ni Marx ni Kropotkin fueron agitadores. El primero porque tenía una concepción severa de los hechos colectivos para hacerla popular con el solo prestigio que su figura logró crearse. Agreguemos que no tenía cual Lasalle, a pesar de ser ambos herederos de los dones de la raza hebrea, el fuego meridional que a éste encendió a través de su breve vida. Kropotkin, en cambio, miró siempre con ojos de niño a los hombres. Nada más débil y pueril que la mayoría de las páginas de su “Conquista del pan” que a algunos parece el evangelio del anarquismo y que, sin embargo, no es sino un esbozo primitivo y sobradamente idílico de una sociedad futura, basada simplemente en lo que jamás se ha logrado conseguir: el libre acuerdo. Kropotkin ofrece en su espíritu una ruda contradicción; por sus conocimientos científicos se elevó de lo simple a lo complejo, de lo concreto a lo abstracto, de lo particular a lo general, hasta dar a las enseñanzas recibidas y a las obtenidas por su propia ansia de saber, una unidad total que le permitió abarcar íntegramente el cambiante espectáculo del universo. Pero al esbozar sus concepciones sociales—aludimos siempre a su obra capital “La conquista”—pareció olvidar que había ya superado lo pequeño y el detalle sobre que se funda una doctrina, para escribir largas y difusas páginas que nada valen sobre las más menudas particularidades de su sociedad futura entrevista acaso como un espejismo en los blancos desiertos árticos de la Siberia oriental. No se oriental. No se tome esto como una negación de sus teorías respetables, sino como un modesto reparo al simplismo de su obra, impuesto talvez por las necesidades de la propaganda. Labarca ha hecho cuatro panegíricos de “agitadores” con entusiasmo desigual. Lasalle con su existencia amorosa y obsesionante de ilustrado libertino, le lleva a forjar un medallón admirable, digno acaso de alguna pluma extranjera. Concisamente sabemos todo lo más importante que al judío alemán aconteció en los pocos años que le permitió vivir su desencadenada personalidad de hombre impetuoso y espontáneo. “¡Así murió por una mujer—dice Labarca al finalizar la breve biografía de Lasalle—el hombre que pudo morir por un ideal!” Carlos Marx no ofrece material para hacer un elogio de sus actividades vitales puramente. Su existencia fué metódica, fría, sin pasiones ni cambios bruscos, o aun sin cambios de ninguna especie. Hombre de gabinete y de pensamiento severamente encauzado por las normas lógicas hegelianas, fué el apóstol de una doctrina férrea y no tuvo ni el poder de la elocuencia ni la varilla de virtud de la simpatía que arrebatan a las muchedumbres. Kropotkin—¿nadie lo ha comparado con San Francisco de Asís?—abandonó su título nobiliario, su rango y su fortuna por infundir a los hombres la fe en un nuevo estadio para la vida de la humanidad. Tuvo que huir de su país y frecuentar como emigrado los medios revolucionarios franceses, ingleses y suizos en donde su silueta fué poco a poco ganando la aureola magnífica del apóstol de un evangelio futuro. Vinculando a la ciencia, fué al mismo tiempo que propagandista un geógrafo respetado por sus concienzudos trabajos de investigación. ¡Agitador? Acaso no. Su obra fué de propaganda escrita y no movió a las masas populares como Lasalle con su febril inquietud de sentimental o como Malatesta, que es el cuarto biografiado de Labarca.

Llena de cualidades, la conferencia de nuestro amigo produce sin embargo la impresión insuficiente de todo discurso que se da a leer. La lectura es fría, puesto que deja lugar al análisis y al raciocinio que la palabra hablada no permite. Avasallados por el ritmo musical del orador, sentimos más que pensamos, y antes que examinar nos dejamos llevar por el encanto de la voz cálida, del ademán tribunicio y del gesto tonante. Y esta conferencia no fué sólo la obra del orador sino también la del periodista, la del escritor que improvisa sobre la base pobrísima del hecho que la realidad ambiente ofrece. La antítesis de uno y otro se nota demasiado, como ya hemos dicho, y causa una impresión desconcertante.

Raúl SILVA CASTRO.