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Resumen

Abstract

Las bibliotecas chilenas

Sostiene don Pío Baroja, en la Caverna del Humorismo, que, durante el insomnio, el espíritu no es sacudido por ningún producto ideológico, y, termina exclamando– como el godo sabe hacerlo– que no hay nada más estúpido que el insomnio! Valga la cita, como punto de partida de las líneas que iremos pergeñando. Es el caso, que, el insomnio, esa forma de vigilia forzada, martirizante y seca, nos ha dado la ocasión de pensar– contrariamente a lo que cree el humorista– en los sistemas bibliotecarios; con lo cual conseguiremos tres finalidades inmediatas: sea la primera, dar que hacer al linógrafo, cumpla la segunda con el fin gimnástico de estirar la péñola, y ojalá que la tercera fuese fijar la atención de los curiosos, siquiera por un cuarto de hora, en lo que debe estimarse por función social de las bibliotecas. Las instituciones que nos ocupan, asientan su finalidad en el siguiente sofisma: el lector debe buscar el libro dentro del anaquel bibliotecario; cuando lo racional es que el libro salga de la vieja alacena y corra al encuentro del lector. Lo que dejamos establecido, podrá sonar a juego de palabras, a los que no tengan referencias de lo que se hace actualmente, en este terreno, en las ciudades más progresistas del mundo, donde la función social de la biblioteca, se orienta a la caza del lector, a impresionarle, a incitarle al estudio, por los medios más variados e inteligentes. Así, por ejemplo, es muy corriente en los restaurants de Nueva York, que el parroquiano pueda imponerse de las novedades literarias, leyendo el dorso del menú, donde se consignan las obras que acaban de aparecer, con su leyenda alusiva al interés de estas; para llenar idéntica misión, los directores de bibliotecas imprimen afiches y carteles murales y pregonan en las estaciones de radiotelefonía la importancia espiritual de leer. Qué decir de algunos pueblos orientales, donde el transeúnte ve cruzar por las calles, a menudo, carritos tirados por ágiles conductores humanos, y cuya carga la constituye un montón de libros del más variado linaje: junto al gordo diccionario, va la novela por entrega, y junto al libro de cuentos, corre un breviario científico, y entremezclados, en una hermandad rutilante, lucen las tapas de las libros infantiles y las ediciones incunables de los poetas eternos. En suma: las viejas culturas, comprendieron a tiempo el absurdo de que el lector vaya en busca del libro; y las grandes culturas de cuño nuevo, también aceptan como verdad inconcusa, que los habitantes de una localidad cualquiera, deben disponer, cuando y como lo deseen, de la satisfacción de tener entre sus manos curiosas un volumen de interés, sin trabas económicas, sin verse precisados a salvar los óbices que la burocracia, con su larga cola de trámites, va levantando entre la fuente informativa y la masa lectora. Por lo que hace a nuestro país, debemos declararlo, que detentamos el record de la falta de lectura bibliotecaria entre los países grandes de la América del Sur, no por falta de volúmenes, que los hay en buena copia, sino por la ausencia de medios de propaganda inteligente, por la vida oficinesca a que se entregan sus directores, que los hace andar con el mismo tren de inercia de sus abuelos, y temen a la innovación, que aparece siempre ante sus ojos valetudinarios, como la pesadilla colorada de mal quistarse la voluntad de los gobernantes, y perder sus posiciones ganadas en fuerza del adulo transformado en sistema de abordaje. En otros términos, la biblioteca chilena no ha llenado, ni con mucho, el rol vital que debiera haber cumplido en el campo de la cultura pública, pues, que se ha limitado a apilar y clasificar, más o menos defectuosamente, rimeros de volúmenes, sin que ese material haya adquirido significación social y penetrado, como corriente de aire, en la masa popular. El argumento básico en contra de la excursión amplia del libro al domicilio, sin las trabas actuales, es que el pueblo chileno, carece del respeto por la propiedad privada, y se incauta de los ejemplares. Pero, me pregunto ¿puede esgrimirse como razón de peso que se pierdan unos cuantos volúmenes, cuando ayer no más un Ministro-Orates, por dar salida a un impulso, más patológico que deportivo, hizo destruir un edificio de biblioteca, entre la noche y la madrugada, con cartuchos de dinamita, y el material de libros se desperdigó sin orden ni concierto? Por último, todos los volúmenes que actualmente duermen su siesta en los anaqueles, deben estimarse perdidos e inútiles, mientras no entren a circular por la entraña popular como glóbulo vital y coruscante. Debemos agregar, todavía, que, el actual sistema bibliotecario criollo, no ha servido más que de refugio a los estudiantes imberbes, que, por escapar de ese verdadero suplicio del rollo, constituido por el liceo, llegan hasta las salas temperadas de la Biblioteca Nacional, buscando un sitio de cordial esparcimiento para hacer una buena “chancha”. Mientras el actual rodaje, no cambie desde su enjundia, no podremos esperar otra cosa de provecho de los establecimientos que nos ocupan, en el terreno social, que, algunas charlas y conferencias recalentadas, traídas de cuando en cuando de los cabellos, para simular trabajo y ocultar al grueso público la inercia que anima a los que velan en torno de los anaqueles, cuidando que no se pierda ningún volumen, sin que es importe un bledo la multitud detenida frente a la escalinata del edificio, porque los modernos sacerdotes de la burocracia, no comprenden, ni podrán comprenderlo nunca, que no basta una casa suntuosa y un tren recargado de trámites y buenos tarjetarios, si no es arrojado el libro sistólicamente a la calle, para que la masa popular lo conozca y lo estudie. Si la Biblioteca pretendiera llenar alguna vez su cometido social trascendente, debería seguir el procedimiento del pregonero que atraviesa la ciudad gritando de voz en cuello su mercadería, o de la gran firma industrial, que, para introducir un nuevo producto en el mercado, inunda los casilleros del Correo con circulares, o estremece la antena radiotelefónica, anunciando las bondades del artículo novedoso.

EUGENIO SILVA ESPEJO.