Editorial

  • Bicentenario urbano en Chile: ¿Qué pueblo para qué ciudad?

Resumen

Abstract

Revista invi N°67/November2009/Volume N°24: 9-18  

EDITORIAL

 

BICENTENARIO URBANO EN CHILE: ¿QUÉ PUEBLO PARA QUÉ CIUDAD?

 

Gabriel Salazar Vergara

En su origen colonial, Chile no tena propiamente "ciudades", sino "pueblos". Es decir: comunidades de "vecinos con casa poblada" que tenan que trabajar productivamente para subsistir. O en las chacras, en las dehesas, en las minas, en talleres artesanales asentados en la ribera inundable del ro ("chimba"), donde quiera. La complicidad vecinal era necesaria para ejercer, sobre el entorno y sobre s mismos, una til soberana productiva. Sin sta, no haba vida, ni seguridad, ni futuro. Y a ella concurran todos: los mercaderes del comercio virreinal, los encomenderos que patronizaban cuadrillas de indgenas, los chacareros de aledaño prximo, los artesanos de allende el ro y los licenciados en letras, que procuraban convertir esa complicidad en el autogobierno de todos (que, a final de cuentas, era ms el cabildo abierto que la Capitana General). La complicidad vecinal, hecha poltica democrtica en el Cabildo local, hizo de los "pueblos" una realidad ms importante que el cimiento físico de su 'ciudad'. Y en cada uno de ellos, de algn modo, esa complicidad oper como igualdad, y sta, como democrtica soberana local. Cada "pueblo" se defini a s mismo por tanto, antes de ser plenamente ciudad y nacin, como un crepitante fogn comunitario.

Y eran cerca de 50 los "pueblos" que existan en Chile al frisar el año del nacimiento republicano: 1810. Estaban sembrados a lo largo del pas, entre el ro Huasco y el Bo-Bo. Distanciados unos de otros por muchas leguas en el espacio y por semanas o meses en tiempo real. No existan caminos ni otro medio de transporte que no fuera el caballo o la cansina carreta de bueyes. Las voces, por lo mismo, demoraban en comunicarse. Las cartas y representaciones se retardaban. Las ideas, sin embargo, crecan y se consolidaban localmente, en el corazn de cada pueblo. La "nacin" colgaba entonces, en lo concreto, del lejano centralismo impuesto por el Rey y en lo abstracto, de lo que pudieran hacer todos los pueblos, a futuro, a partir de la imagen de s mismos.

Sobre ese archipilago comunal pendan, sin embargo, nubarrones. Poderosas amenazas convergentes. Una de ellas era la multiplicacin descontrolada de los mestizos en condicin de niños "huachos" sin familia ni domicilio reconocido (por tanto, sin estatus de "vecino con casa poblada"). Careciendo de un Derecho Pblico adaptado a su condicin dado que el Derecho Imperial englobaba slo a los colonos hispnicos, a los criollos, a los indgenas y a los negroides esclavos, los mestizos se hallaron, desde el principio, en situacin de marginalidad integral, con la carga adicional del estigma oprobioso de su nacimiento. No formaron parte orgnica, en consecuencia, de los "pueblos" (salvo si se convertan en artesanos de chimba), razn por la cual engrosaron las anchas y largas alamedas de lo que fue el "bajo pueblo". La multiplicacin del bajo-pueblo en condicin de marginalidad gener una abundante poblacin vagabunda, que deambul de un lugar a otro (las fuentes hablan de "nubes de mendigos y merodeadores"), levantando ranchos dispersos en cualquier lugar. Colgando de los cerros. En lo hondo de las quebradas. Nunca se congregaron, por eso, como "pueblo". Nunca fueron identificados en posicin de "ciudad". Ante eso, ninguna autoridad, a lo largo de tres siglos y medio (XVII, XVIII, XIX y la mitad del XX), pens en reconocerlos como "ciudadanos". El sospechoso bajo-pueblo fue visto entonces como un pegajoso "enemigo interno". Eso significaba que era masacrable. De derechos violables.

Por eso, el "bajo pueblo" no tuvo ciudad ni por nacimiento ni por soberana productiva. Ni por solidaridad ni por admisin a Derecho. Su 'ciudad' fue as inevitabiemente mvil, flotante, nmade, precaria y, por tanto, invasiva. Los pueblos indgenas, al menos, tuvieron territorio propio y pas hasta el segundo tercio del siglo XIX. La 'tierra' fue para los indgenas, por eso, su forma particular de 'ciudad'. Y la "frontera" de su territorio fue, por tanto, su suburbio. La chilenizacin forzada que el rgimen portaliano impuso a partir de 1830 sobre todo el territorio que catalog como 'nacional', desterritorializ la ciudad indgena y no territorializ la ciudad flotante de los mestizos. Tampoco reconoci la soberana comunal de los 49 pueblos que no eran Santiago, pues el patriciado mercantil que predominaba en la capital (que hered el control de todo el comercio exterior y el centralismo poltico de las jerarquas imperiales) termin por imponerles a todos los pueblos una ciudadana 'nacional' construida desde Santiago y a imagen y proyeccin del modelo ciudadano-sbdito dejado como recuerdo por la colonizacin española. Santiago fue, pues, la segunda amenaza que nubl el cielo de los 49 pueblos ciudades que, durante uno o dos siglos, haban aprendido a autogobernarse en democracia comunal.

De una parte, el bajo-pueblo comenz, poco a poco, a emigrar a los centros poblados: tena que producir y vender sus productos para subsistir. Y prefiri, como es natural, bajar al ms poblado de los pueblos: Santiago. Despus que fue "pacificado" su territorio, los mapuches tambin se sumaron al movimiento mestizo. As, un rancho tras otro, por duplicacin geomtrica, fueron apareciendo en las riberas del Mapocho, por la calle San Pablo abajo, en la periferia del barrio Yungay, por Chuchunco, a lo largo del Callejn de los Monos (Avenida Matta), en los bordes de las Cañadas... Hacia 1840, los rancheros (o "guanguales") rodeaban Santiago por tres de sus cuatro costados. La ciudad flotante de los mestizos se materializ as, de pronto, en un gran "aduar africano" (Vicuña Mackenna) que se apret en el cuello del conspicuo Barrio del Comercio (el cuadriltero central). Y lo asfixi con sus tendales, sus baratillos, el humo de sus fraguas, hornillas y braseros, sus cabros chicos, el gritero de todos y las palabrotas de siempre.

De otra parte, el centralismo 'imperialista' de Santiago despoj a los pueblos de provincia, poco a poco, primero, de sus excedentes econmicos; despus, de su autonoma poltica (aboli los Cabildos, no cre asambleas provinciales e introdujo municipalidades centralizadas), para terminar arrastrando, primero a sus elites (que emigraron a Santiago hacia 1870 y 1880) y finalmente a la masa marginal que creci en el rezago de los pueblos as descremados. La victoria dictatorial de Santiago sobre las provincias (obra culminante del rgimen portaliano) fue una victoria "a lo Pirro": todas sus vctimas terminaron agarrndose a su cuello. Pues todas ellas, bajo extorsin, haban dejado de ser "pueblo" en su patria (comunidad autnoma llena de complicidades locales) para aglomerarse en una Gran Ciudad que ya no poda ser pueblo...

Y la Gran Ciudad (portaliana) comenz a defenderse contra s misma. Vicuña Mackenna decidi salvar lo que llam la "ciudad culta" (Santiago sonando Pars) desgajando de ella a la "ciudad brbara" (los aduares de mestizos y marginales), creyendo que eran dos ciudades, e ignorando que Santiago, gracias al rgimen pelucn, sera una Gran Ciudad nica para siempre. Y el dicho Intendente traz el "Camino de Cintura" en los contornos y el Cerro Santa Luca en su vrtice. Pero fracas: los plebeyos apenas se movieron y continuaron atiborrados dentro del anillo. Es que los "rentistas urbanos" estaban ganando mucho dinero arrendando sitios y "cuartos redondos" al invasivo bajo-pueblo. Al por menor y por metro cuadrado. Fue necesaria una segunda ofensiva: se orden construir una fachada urbanizada delante de los rancheros. Se hizo, y surgi el "conventillo". La Ciudad, con l, perfeccion un tanto sus peores lneas urbansticas, pero eso signific que los plebeyos se quedaban para siempre. Adems, multiplicndose ad infinitum dentro de los conventillos. Los rentistas urbanos se llenaron de dinero mestizo... La Iglesia Catlica, viendo eso, conmovida, recomend entonces construir casas decentes para los trabajadores, y vendrselas a precio mdico. Se vendieron as casas de "cits" y de "poblaciones modelos". Pero el bajo-pueblo, ya arranchado por toda la Ciudad, era mucho. Demasiado para la caridad pblica o privada. Se levantaron fbricas, se crearon ms escuelas. Se prometi esto y lo otro. Fue intil: las "nubes de mendigos, de obreros, de borrachos, de delincuentes, de prostitutas y, lo que fue peor, de subversivos" siguieron multiplicndose, hasta terminar adueñndose de nuevo, por completo, de la Gran Ciudad, incluso esgrimiendo proyectos socialistas y revolucionarios.

Llegamos as a 1918. Aparecieron monstruosas "marchas del hambre". Se cre la Asamblea Obrera de Alimentacin Nacional, para darle un ultimtum al Presidente de la Repblica. Los estudiantes universitarios ya se haban rebelado en 1906 y se haban sumado, casi desde el principio, a los subversivos y anarquistas. Y tuvieron su primer mrtir: Domingo Gmez Rojas. Y los obreros de la FOCH, los estudiantes de la FECH y los profesores de la AGPCH se unieron en 1925 junto a profesionales e industriales para organizar la Asamblea Constituyente de Asalariados e Intelectuales, con el fin de refundarlo todo: el Estado, la Sociedad, el Mercado, la Escuela y, por supuesto, el pueblo y la ciudad. No pudieron: los reprimieron y engañaron.

Pero la Gran Ciudad, definitivamente, estaba plebeyizada, sin vuelta. Los marginales haban tomado posesin del bastin parisino construido y defendido a balazos por el patriciado mercantil portaliano. Con una clara intencin mestiza recolonizadora.

Era demasiado. Fue entonces cuando la elite inici su fuga de la Gran Ciudad. Y abandon sus palacios "cultos" (de calle Dieciocho, de la calle Ejrcito, de la Alameda, del Centro) a la chusma. A lo que viniera. Y se refugi, primero, en torno al cerro Santa Luca. Y despus en Providencia. Y ms tarde en El Golf, en Vitacura, en Lo Curro, en Los Dominicos, en La Dehesa. Hasta chocar con las montañas. Y siempre fue seguida, paso a paso, tramo a tramo, por la chusma, por un ejrcito de nanas, por batallones de comerciantes minoristas, transportistas, taxistas, delincuentes y traficantes. La masa mestiza demostr ser leal, pegajosa e indesalojable de la espalda de la elite: tena que trabajar, vender y comer. En su desesperacin, la elite se enconch como caracol, o como señores feudales en sus castillos, y construy condominios con murallas, vigilantes y rondines. Con perros y alarmas elctricas. Con miles de 'rubios' niños prisioneros en la eliticidad de sus colegios, en la elegancia globalizada de los malls, en el silencio conspicuo de los parques escondidos...

Nada pareca suficiente. El vrtigo de la fuga elitaria arrastr la ciudad tras de s, en ruta hacia el Este cordillerano. Y no slo arrastr a la indispensable masa mestiza, sino tambin a los emulantes grupos medios que, sobre los escombros de las bajas mansiones abandonadas por sus dueños, estn construyendo hoy sus departamentos en altura, gozosos de participar, por retirada de los antiguos propietarios, de los blasones, prestigios y temores del barrio alto... Por eso, la elite de hoy, habiendo agotado las cimas habitables, perfor la cadena de cerros del norte de la capital, para escapar subrepticiamente, a lo largo de iluminados tneles de concreto, interponiendo decenas de peajes carreteros, a los buclicos valles de Huechuraba, Chicureo, Liray y Colina... Podr all tener, por fin, su requiescat in pacem (R.I.P)?

Se han cumplido 200 años de vida republicana. Que son doscientos años de 'pueblos' que perdieron su autonoma, de 'bajo-pueblos' que quisieron ser ciudad y de una Gran Ciudad que ya no puede ser pueblo, sino fuga y persecusin.

Por lo tanto, el balance histrico neto que puede hacerse de estos 200 años es que no hay verdadera ciudad si no hay verdadero pueblo. Y que si no hay ni verdadera ciudad ni verdadero pueblo, postular que existe una verdadera 'nacin' es, en lgica pura, unflatus vocis. Es esto lo que hay que celebrar para el Bicentenario.

El problema no es, pues, slo el tipo de vivienda. O cmo mejorar a posteriori la esttica urbanstica de una Ciudad que se separa de s misma al ritmo de una tocata y fuga en rabia y temor sostenido. Pues no se trata de extender los malls, las carreteras y los metros urbanos hasta donde vive, hacinado, el bajo-pueblo, que, aunque se ha apoderado de 3/4 de la Ciudad, todava no puede ser plenamente 'pueblo'; o sea, vecino confiable y reconocido con casa poblada, igual que todos sus vecinos. Ciudadano integral, como todos sus vecinos. Pues ¿por qu se escapan las elites? ¿Por qu se atrincheran en sus hermticos condominios? ¿Por qu no quieren ser pueblo ni hacer ciudad?

El problema real es que no hemos construido una verdadera sociedad civil. No hemos hecho verdadera ciudadana ni verdadera soberana. Todava estamos, en este sentido, a mediados del siglo XIX. Todava bajo la concepcin portaliana del libre comercio, del Estado liberal, del militarismo y la defensa anti-terrorista de las elites. Todava estamos temerosos de los mestizos y de los indgenas. Todava gobernados por colonos añorantes de la Europa globalizadora.

He ah el verdadero problema. La ciudad no es verdadera ciudad si no es verdadero pueblo, como en el origen. Los arreglos cosmticos de la vivienda no pueden sanar las patologas del cuerpo social. La verdadera medicina, por tanto, empieza donde est el pueblo alienado de s mismo, no la ciudad.